Ideas prácticas para un consumo más consciente


Somos muchas las que, teniendo claro que nos gustaría
vivir “de otra manera” –más relajadamente, con más
tiempo para disfrutar de la vida y cuidarnos, más ecológica
y solidariamente–, vemos que nuestra realidad cotidiana
suele ser bastante diferente de nuestros valores y
de la vida que soñamos.
Pero es difícil “salirse de la rueda”, y a menudo la corriente
del entorno en que vivimos es muy fuerte y nos
arrastra. Nos falta tiempo y apoyo, nos sentimos solas e
incomprendidas, nos faltan ideas e información...
A pesar de las dificultades, hay cientos de pequeñas
y grandes cosas que podemos hacer para que nuestro día
a día se vaya pareciendo cada vez un poco más a nuestros
deseos. A veces cuesta dar con ellas, y necesitamos
que alguien o algo (un libro, un documental...) nos abra
camino con un ejemplo que nos anime...
 LA GLOBALIZACIÓN:
¿QUÉ ES Y CÓMO NOS AFECTA?
Comprender cómo funciona el modelo económico en
el que vivimos puede ayudarnos a comprender muchas
cosas de nuestra vida cotidiana.
¿Qué es eso de “la globalización”?
Así, simplificando, es la extensión “global”, por todo
el mundo y por cualquier aspecto de nuestras vidas, de
un modelo económico y social, el (neo)liberalismo (también
llamado capitalismo salvaje). Este modelo defiende
la libertad del dinero (de producir, comprar y vender, por
eso se le llama también “libre mercado”) y aborrece los
límites que protegen derechos sociales, medioambientales,
culturales... Por eso estamos pasando de “la sociedad
(o el estado) del bienestar” a la “sociedad de mercado” o
“sociedad de consumo”.
Un ejemplo ilustrativo:
Las “cuotas de pantalla” obligan a que un porcentaje de lo
que los cines programan sea de origen nacional para protegernos del totalitarismo cultural que impone Hollywood a golpe de talonario. En el Estado español, un tercio de las películas proyectadas deben ser de países de la UE. La Organización Mundial del Comercio (una de las instituciones internacionales que impulsan la globalización) se opone a estas cuotas que, según las tesis globalizadoras, son un ataque a la libertad. A la libertad de las empresas (productoras, cines...) para vender lo que quieran, y a la de las consumidoras para comprar lo que queramos. Dicen que frenar la competitividad –que es lo que estimula a mejorar–, entorpece la producción de riqueza, y genera atraso y pobreza, además de ser un insulto a la inteligencia de las consumidoras, que ya somos mayorcitas para elegir libremente qué hacer.
En resumen, un conflicto entre visiones del mundo:
de un lado quienes defienden que la ley de la oferta y la
demanda es capaz de regular lo que la sociedad necesita,
y que, a mayor desarrollo económico, más abundancia
material y progresos tecnológicos, y con ello mayor calidad
de vida y bienestar para la gente. Del otro, quienes
creemos que el afán de aumentar la cuenta bancaria genera más riqueza material, pero a costa de poner bajo su
bota a la gente y a la naturaleza. Y que debemos pararnos
a pensar qué queremos producir y cómo queremos hacerlo
para vivir mejor manteniendo un cierto equilibrio
social y ecológico, y poner la economía al servicio de estos
objetivos.
Nunca pares de crecer
«Este año el crecimiento de la economía ha bajado,
sólo ha sido de un 2%», se lamentan en los telediarios...
¡Como si no estuviera ya crecidita la cosa! Y es que según
el liberalismo económico la economía –y cada empresa–
tiene que crecer continuamente. Aumentar beneficios e
invertir para aumentar más los beneficios e invertir más,
si no, se pierde el tren competitividad. Es una carrera sin
final. Entendiendo esta idea entendemos mucho mejor
nuestras vidas, ya que vivimos –trabajamos y consumimos–
para cumplir esta ley.
Un ejemplo:
Una necesidad básica: sonarnos los mocos. Si usamos pañuelos de tela, ahorramos, pero la economía no crece, duran mucho. Si usamos de papel sí generamos riqueza y
puestos de trabajo.
• Para hacer los pañuelos de papel necesitamos (modelo
actual centralizado, economía industrial):
1.– Plantar árboles (monocultivos de eucaliptos con nefastas consecuencias ambientales), talarlos y transportarlos a la fábrica para hacer pasta de papel.
2.– Fabricar los pañuelos de papel (en fábricas contaminantes) y los envoltorios de plástico (basados en petróleo, contaminante traído de lejos). Envasar.
3.– Distribuir y comercializar. Un ejemplo real y típico: fabricar en Barcelona y distribuir por toda la península.
4.– En casa: ir a comprar a menudo, sacar más basura.
5.– Transportar y tratar (incinerar, verter o reciclar, según
los casos) toneladas de papel y plásticos.
• Para hacer pañuelos de tela necesitamos (caso utópico,
modelo economía ecológica, producción ecológica y local):
1.– Plantar, por ejemplo, lino (cultivo que se adapta perfectamente a la producción ecológica y a climas diversos) y procesar su tallo para obtener tejidos.
(Además, el lino ofrece semillas, que pueden servir para alimentación animal o humana –semillas, aceite de linaza, harina...–,
para usos medicinales varios, para fabricar biodiesel,
para usar como barniz que proteja madera o metal, para fabricar linóleo –producto impermeable para cubrir suelos–
2.– Hacer pañuelos (de modo artesanal o en pequeña industria anexa o cercana a la plantación). Envasar en cajas de madera (de origen local y cultivo sostenible) reutilizables.
3.– Distribuir y comercializar localmente.
4.– En casa: lavar los pañuelos.
5.– Reciclar el residuo (mínimo). Con las fibras vegetales se
puede hacer paño para uso industrial. Con la madera, tableros de madera. Tela y madera sin tratamientos químicos son compostables.
En la vida útil de un pañuelo de tela consumimos miles de
papel, lo que multiplica los trabajos, también los que “no
se ven” (gestiones, impuestos, burocracia, transporte “oculto”...).
Aplica este ejemplo a los miles de actividades que se
podrían realizar de manera más económica o que se podrían eliminar. La publicidad que inunda nuestros buzones, coches que sobran, envases... Intenta tú misma completar la lista, seguro que encuentras cien ejemplos sin
gran dificultad.
¿Te imaginas la cantidad de horas de trabajo y las toneladas de recursos naturales que nos ahorraríamos? ¿Serías capaz de relacionar la ley capitalista del crecimiento
con el excesivo estrés de la vida actual? Obras y obras,
coches, prisas, compras, gestiones... ¿Recuerdas aquel
anuncio de un medicamento que decía «usted no puede
parar por un simple dolor de cabeza»? ¿Te encajan las
piezas del puzzle? Quizás lo más saludable sea aprovechar
el dolor de cabeza y pararnos a pensar... en pequeños
ejemplos concretos de tu vida: quizás recuerdes la ley
del crecimiento capitalista y te des cuenta de que estás
trabajando para cubrir las necesidades del sistema y no
para atender las tuyas...
Eliminando falsas necesidades eliminaríamos puestos
de trabajo, pero en trabajos inútiles (y muchas veces incluso
dañinos). Podríamos repartirnos los trabajos realmente
útiles y dedicar el tiempo libre sobrante a descansar,
a jugar, a bailar o a lo que quisiésemos y/o reconvertir
los empleos inútiles en actividades verdaderamente valiosas.
Podríamos empezar a reivindicar un decrecimiento
sostenible, una reconversión profunda. Es verdad que

hace falta un cambio de mentalidad muy grande. Pero algún día habrá que empezar...

Consumir menos,
vivir mejor


© Txalaparta para la presente edición

http://eco-ideasreciclaje.blogspot.com.ar/

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