El mundo entero está deprimido.


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Un eminente médico de Nueva York comentó: "Lo cierto es que todos estamos deprimidos. El mundo entero está deprimido. No conozco un ser humano que no lo esté."

¿Se supone que debemos recetar Prozac al mundo entero?
De hecho, el principal motivo de que no repartamos realidad en frasquitos es ampliamente táctico. Casi todas las drogas que alteran la mente son muy tóxicas, crean hábitoo tienen algún otro efecto colateral inaceptable.
Las anfetaminas pueden brindar una sensación de vivacidad aumentada, concentración e intensidad creativa, pero también provocan paranoia.
El Valium y los sedantes relacionados con él borran la ansiedad de bajo nivel, pero son adictivos.
El LSD y una amplia variedad de alucinógenos proporcionan experiencias visionarias, a veces de un orden muy elevado, pero distorsionan a tal punto las percepciones que pocas personas pueden someterse a su influencia y seguir siendo normales.
En todos estos casos, el sentirse bien viene con el gran castigo de tener que sentirse también muy mal.
En su vejez, el filósofo francés lean-Paul Sartre admitió que había escrito su último libro con la influencia de las anfetaminas. Aún consciente de que estaba destruyendo su cerebro y acortando su vida, prefirió el mayor brillo que le impartía la droga.
En vez de considerar el cerebro como una serie de transmisores químicos, que se pueden realzar o aminorar como un monitor de televisión, deberíamos explorar mucho más profundamente su papel de creador.
Todos somos co-creadores de la realidad; por lo tanto, nuestro objetivo en la vida no es sólo ser brillantes, alertas e imaginativos, sino dar forma a la existencia misma. Si el cerebro pudiera hacer eso, alcanzaría un sentido real, mucho más allá de la ayuda química de un psicofármaco.

Deepack Chopra, Vida sin condiciones.



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